Disonancias virales (y III) | Música inesperada

La Séptima sinfonía de Shostakovich es más relevante por la música escrita en ella que por las connotaciones socio-políticas e históricas que tanto contribuyeron a etiquetarla como una obra de tema bélico con mensaje universal.
 
En cierto modo, fue el propio compositor el que, de alguna manera, contribuyó a ello al subtitular cada uno de los cuatro movimientos: La guerraLos recuerdos, Los grandes espacios de mi patria y La victoria, aunque luego el mismo suprimió estas denominaciones, convencido de que no eran necesarias para que los espectadores descubrieran el mensaje.

Ya hemos equiparado el Allegretto con un poema sinfónico que admite diversas lecturas. Frente al carácter propagandístico que quisieron remarcar los dirigentes soviéticos y a la etiqueta de reacción anti-estalinista del propio compositor, parece más probable que el genio creativo de Shostakovich trate de advertirnos sobre las amenazas a las que nos enfrentamos los humanos, lo que es de máxima actualidad en estos días convulsos donde el mundo lucha contra una terrible pandemia.

En cualquier caso, la realidad es que Shostakovich empezó a componer la sinfonía antes de que comenzara la invasión nazi y la terminó conociendo de primera mano las terribles historias de las que fue testigo Leningrado durante el asedio alemán. En palabras suyas: “No tengo nada en contra de denominar a la séptima sinfonía Leningrado, pero no se trata del Leningrado asediado, se trata del Leningrado que Stalin ha destruido y que Hitler no ha hecho más que acabar su obra”. De estas palabras puede deducirse que Dmitri quiso dejar un claro mensaje en contra de cualquier tipo de totalitarismo, con independencia de su origen geográfico.

En la misma grabación de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Frankfurt dirigida por Klaus Mäkelä vamos a seguir analizando esta magistral obra sinfónica. El segundo movimiento [ver vídeo a partir de 29:14], Moderato (poco allegretto), es un scherzo en forma de rondó con gran presencia instrumental  muy en la línea del genio creador.

El propio compositor reconoce que adereza el inicio del movimiento con una dosis de humor por el ritmo saltarín de los violines, como si quisiera abrir una pequeña ventana de luz para un oyente sumido en la tragedia. A continuación el oboe y el corno inglés dibujan una frase de carácter danzante más profunda y serena. De repente, en la sección central aparece una fanfarria de guerra que nos recuerda a la música de Mahler por su ritmo y fuerza orquestal.

Volvemos a retomar el enigmático tema del inicio seguido de la segunda idea que suena más sombría en el timbre del clarinete bajo y que nos lleva a la tristeza del lamento con el que termina el movimiento. Shostakovich tituló este Moderato como Souvenirs donde desfilan las sombras de amigos que cayeron en desgracia y fueron víctimas del poder de Stalin, entre ellos, el famoso mariscal Tujachevski, que en 1937 fue acusado por el Tribunal Supremo de la URSS de tramar un complot para hacerse con el poder y por ello ejecutado de inmediato. La misma suerte corrió el director de escena Vsévolod Meyerhold, cuya concepción artística no afín al régimen lo llevó en febrero de 1940 a ser acusado de trotskista y espía por un tribunal militar.

El Adagio [40.54], con el título de Los grandes espacios de mi patria es un homenaje a los compatriotas que perecieron o sufrieron las inclemencias y crueldades de la guerra, siempre desde una perspectiva muy vital. El invierno de 1941 resultó muy frio y largo para los habitantes de Leningrado que, sin apenas fuerzas, veían cada vez más reducida la asignación de pan.

Los cadáveres se amontonaban en las calles o permanecían en casa “conviviendo” con sus familiares, ante la saturación de los cementerios. Los bombardeos destruían los almacenes de alimentos pero no la moral de la población, que se las ingeniaba para rescatar el grano quemado por los incendios y cultivar tubérculos y hortalizas en los jardines urbanos.

Con forma de rondó, el tercer movimiento comienza con unas frases de tipo coral, en la que la orquesta imita a un órgano. La melodía que sigue evoca a Stranvisnky, con fragmentos lentos a cargo de la madera. En la parte central del movimiento las cuerdas agitan el tema principal de manera que volvemos a recordar la escritura de Mahler, en la que vuelve a surgir una visión agitada de la guerra. El movimiento finaliza con el retorno a los temas iniciales.

En el cuarto movimiento, Victoria, Leningrado renace de sus cenizas y es reconstruida simbólicamente. Este Allegro non troppo, empieza sin continuidad con el movimiento anterior, con una melodía para el violín que nos mantiene en un estado de tranquilidad [54:49].

De repente surge la energía rítmica de la orquesta que nos transmite esa idea de victoria que tanto se anhela, pero de nuevo volvemos a la calma inicial. Aparece un tema más vivo y triunfal en toda la orquesta que nos transporta a la luminosidad del renacer. Es el momento de la victoria, una apoteosis que Dmitri anticipa dos años antes de que Leningrado se vea liberada. Una ciudad, que a diferencia de Troya y de Roma, no sucumbió ante el enemigo, como nunca lo hará está magna composición sinfónica.

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