Qué sentimos al dar un concierto

Hace unos días, hablando con mi amigo y compañero Gabriel Díaz Santos, comentábamos las sensaciones por las que pasamos los músicos cuando interpretamos alguna obra frente al público.

Me comentaba él sobre la sensación que tuvo cuando hizo la audición para obtener el Premio de Excelencia del Grado Profesional de Música de la Comunidad de Madrid que, gracias a su indiscutible talento, logró obtener.

La conversación fue muy productiva, y se me ocurrió pedirle que redactase, con su gran capacidad narrativa, cómo vivió él ese momento. El resultado ha sido magnífico, y hoy deseamos compartirlo con todos vosotros:

“Se abre la puerta, y tomo mi primera bocanada de aire antes de deslizarme por el pasillo del patio de butacas, en dirección al escenario. El sonido de mis tacones queda enmudecido por el estruendo de aplausos que inunda la estancia. Era evidente que el artista estaba en la sala, entregado al público. Pero mi mirada se concentraba en el pesado artefacto mediante por el que, inconscientemente, llegaría a los corazones, además del mío, de muchos de los asistentes: esa marimba Concorde de 5 octavas con la que tanto tiempo había pasado en los últimos 7 meses.
La sala de repente queda en silencio. Reviso las miradas de mis cuatro acompañantes situados detrás de mí, asegurándome de que estuvieran listos. Dirigiendo mi mirada hacia el público, me cruzo con la de mi madre, sonriente, sosteniendo la cámara. Más allá estaban amigos míos, pero decidí no mirarlos hasta que acabe la función. Porque ahora sólo somos nosotros dos: yo y la marimba. Unidos bajo el son de un poema japonés no compuesto hace mucho, me disponía a hacer saber a la gente quién soy en realidad, el porqué de la vida que llevo. Mi sino. Entro en contacto con la dureza y la rigidez de mis baquetas, y lanzo la señal. Mi corazón se dispara, mis pupilas se dilatan, y entonces comprendo que no hay marcha atrás.
Mis ojos prefieren estar cerrados más que abiertos. Ya no siento los callos bajo mis tiritas. Ahora sólo hay paz. Me adentro en los caminos de Rivendell, atravieso las cuevas de Xanadú llegando por fin hasta el bosque de la contemplación. Cuando quiero darme cuenta, me lanzo al vacío. Mi corazón se encoge como si se tratara de una montaña rusa. Empiezo a mover los brazos, violentamente, luchando con la peor bestia que jamás ha pisado la faz de la tierra: luchaba contra mí mismo, mi especie, el ser humano, por el que tantas veces me he avergonzado y he deseado la muerte. Como si tratara de golpear y arrancar el corazón a Cthulhu, golpeo sin parar. Noto como una gota de sudor cubre uno de los cristales de mis gafas. Pero no me importa ver ya. Río, furiosamente, rozando la locura, y el trance se vuelve más intenso hasta el punto en el que doy un grito de guerra, y todo acaba.
Entonces despierto. Me veo a mí, abiertos los brazos como si se tratara de un águila. Las manos me tiemblan y me noto caer. Pero no morir. Porque lo he conseguido. Había terminado la guerra. Había llegado hasta el Nirvana. Por fin había descubierto el significado de la vida. Me sentía tan lleno que me dan ganas de desplomarme. Levanto por fin la mirada y veo a algunos gritar, otros llorar, otros hablar entre ellos fascinados, pero todos aplaudían. Dejo por fin mis baquetas en la bandeja, y me inclino hacia el público. Mi madre se encontraba entre los que lloraban, pues verme hacer lo que siempre deseé la mantiene con el pecho rebosante de orgullo. Mis compañeros, a mi vera, hacen repetidas reverencias junto a mí. Y un momento después, abandono la sala.
Así que si alguna vez alguien se pregunta qué sentimos al tocar, para el ingenuo de aquel que trate de encontrar en estas líneas una obra maestra, tengo un apunte para él: no significan ni la mitad de lo que realmente es nuestro sueño, de lo que vemos, de lo que sentimos. Porque ser músico nos hace cambiar, a nosotros mismos, a los que la escuchan y la sienten, y puede que tal vez, sólo tal vez, podamos cambiar el mundo.”

Gabriel Díaz Santos

23 de agosto de 2018.

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